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Fabián Gómez de Anchorena


Con frecuencia, frente a los culebrones de televisión,
nos reímos de las infinitas penurias de sus personajes y criticamos
la exageración del guionista que tanto los hace sufrir.
Fabián de Anchorena es una muestra de cómo la realidad supera a la ficción
y, de cómo la sociedad, venciendo arraigados prejuicios,
puede tomar posiciones de vanguardia frente a la incomprensión familiar.


Corría 1870. Aunque a sus veinte años, Fabián de Anchorena gozaba de todos los honores imaginables, gracias a su simpatía y a la inmensidad de su fortuna, uno podría imaginar que jamás había sido feliz.
Huérfano de padres desde los dos años, su infancia transcurrió junto a su abuela materna, doña Estanislada Arana y Andonaegui de Anchorena, cuya compañía, seguramente, no había sido un jolgorio, dado que la anciana había visto morir, no sólo a los padres de ese nieto, sino en el término de un año, a sus cinco hijas y al esposo. De manera que el único objetivo de su vida, era la atención del nieto: superficial, mimado y fascinante. Se cuenta que atildado en el vestir, Fabián vivía rodeado por una legión de amigos, compinches de trasnochadas, que eran motivo de los sermones familiares.

Asiduo concurrente al “Alcázar, descubrió entre las figurantas de la compañía lírica, a la que decidió sería la mujer de su vida: “La Gaviotti”, que no era joven, pero, en cambio, bellísima y coqueta. No fue un amor de palco a escenario y el 26 de agosto de 1870, decidieron casarse en la iglesia de La Merced.
Desde ese instante dejó de ser un tema privado entre dos enamorados para convertirse en la comidilla y un posterior debate de la prensa.
El cura, se negó a casarlos, la condición de artista de ella, la hacía sospechosa y tras comunicarles la decisión, les dio la espalda y, comenzó a retirarse. Fabián no se amilanó. A voz en cuello y dirigiéndose a Dios, manifestó que tomaba a esa mujer por su esposa, mientras ella lo repetía a su vez con respecto al hombre elegido. El cura Balán, comprendió que el matrimonio había quedado verificado, pero no dió brazo a torcer, informó al Obispo y al Tribunal de Justicia.

Ese mismo día por la fuerza pública y frente a una multitud de curiosos, fue arrancado de los brazos de su esposa y conducido al Departamento de Policía. Hicieron falta cuatro agentes para retirarlo del carruaje en el que fue llevado y, para recluirlo en la celda en la que quedó incomunicado.

El periodismo no abandonó la causa de Fabián. Se debatía desde la legalidad del matrimonio, a la causa por la que se lo mantenía en prisión, la cual en apariencia era una acusación de violencia sobre el cura de La Merced.

Grandes intereses, poderes que movían las piezas de la justicia, llevaron a que una acusación tan lábil, marchara muy lentamente. Recién en noviembre, la Cámara en lo Civil fijo fecha para la audiencia pública. Unos meses antes, el tribunal había recibido una petición con 15.090 firmas, reclamando la excarcelación del “reo”. Buenos Aires hacía suya la causa de los enamorados y, haciéndolo defendía la dignidad, la autonomía y la justicia tan ajenas a los tejemanejes de la influyente abuela.

La audiencia fue multitudinaria, no faltó un estudiante de derecho, un abogado. Había plena conciencia de que allí se enfrentaban la tradición de la aristocracia de convenir matrimonios entre los ilustres apellidos y un joven que defendía la causa del amor.

El tribunal fue presidido por Basilio Salas; integrado por Eduardo Carranza, Ángel Navarro, Enrique Martínez y Juan J. Alsina. La defensa la llevó Carlos D´Amico, que brillaba entre la intelectualidad porteña. El abogado de la contraparte, José Roque Pérez. El tribunal se expidió de manera por demás ambigua, a fines de noviembre: Fabián continuaría en prisión.
Mientras tanto su abuela no veía la forma de hacer anular “semejante matrimonio”. Encontró un medio, que a ella, no le pareció deshonesto, valerse de sus contactos en la Cancillería, para obtener de manera confidencial, información sobre La Gaviotti. Usaron al cónsul argentino en Génova. Transcurridos unos meses la reservada investigación fue puesta en conocimiento público.

La cantante procedía de una humilde familia de Alejandría. Josefina, la esposa de Fabián, era bígama. A los 16 años había contraído enlace con un carpintero. Toda la familia se había trasladado a Turín, donde el padre pasó a desempeñarse como portero del teatro Vittorio Emanuelle, mientras las hijas aprendían canto. Josefina, al poco tiempo huyó, abandonando a su esposo y a sus padres, a los que cambió por un ujier de Florencia con el que tuvo dos hijos. Finalmente había dejado, también esa nueva casa, para incorporarse a compañías teatrales, que terminaron en el casamiento con Fabián.

El cónsul argentino, había hablado con el padre de la artista, quien el contó emocionado, que había recibido una carta de su hija en la que ésta le contaba que había hecho gran fortuna y que pronto iría a buscarlo para que no tuviera que ocuparse más de menesteres tan humildes.

El diario “La nación” no terminaba de preguntarse si el Estado podía intervenir en asuntos tan privados. La cuestión es que el joven Anchorena recuperó su libertad. Vivió algún tiempo con su esposa en una residencia en San Fernando, antes de embarcarse ara Europa. Una vez que en Italia, pudo comprobar que el mal habido informe de su abuela era cierto, abandonó a la cantante y se afincó en París, dispuesto a olvidar con el consuelo de su inmensa fortuna.

Supo rodearse de la flor y nata: intelectuales, diplomáticos, mujeres hermosas, placeres. Así trabó amistad con el Príncipe Alfonso de Borbón. Decidió mudarse a Madrid, y cuando el príncipe se convirtió en rey, continuó siendo su amigo directo. Vivió en el lujo en medio de la aristocracia de sangre. Alfonso XII, agregó a su nombre republicano, el título de “Conde del Castaño” y le ofreció la gobernación de Filipinas, cargo que él declinó.

Ya divorciado y recuperado de “La Gaviotti”, se casó con la hija de los Marqueses de Peñaflor, Grandes de España.

Cuando un día, decidió venir a visitar a sus viejos amigos porteños, dejó a nuestra “provinciana sociedad”, anonadada. Aquí se quedaron murmurando con asombro, mientras él regresaba a sus yates, a sus palacios, a sus fiestas. Pero, María Luisa, su esposa, falleció. Había llegado el comienzo del fin de Fabián. Su fortuna había desaparecido, él, deprimido por la reciente pérdida, sólo atinó a volver a su país.

Pero no se dirigió a nadie para solicitar una ayuda, que los viejos amigos le habrían dado. Aceptó el cambio de su suerte, se instaló en Pirán, en un rincón de una estancia que había sido de su padre. Allí vivió retirado del mundo. El espíritu de ermitaño se le había hecho carne y, la menor posibilidad de relación con algún puestero, lo hizo huir.

En 1918, en Icano, una pequeña localidad de Santiago del Estero, la policía recogió en un rancho el cadáver de un linyera. Al registrar sus andrajos, por los papeles amarillentos que llevaba, pudieron identificarlo. Se trataba de Fabián Gómez de Anchorena, Conde del Castaño



© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna
Versión para Internet del artículo publicado en setiembre de 1994
*Este artículo se encuentra protegido por las leyes de derecho de autor, se prohíbe su reproducción total o parcial sin la autorización escrita de sus autores.*La bibliografía y documentación que lo sustenta, puede solicitarse al correo del blog.

Las Naciones Negras

Ellos, triste carga mercante, tienen el mérito de haber creado la primera república latinoamericana.
Modelo de vehemencia para los pueblos de hoy
que ambicionen metas semejantes.




Cuando soplaba el viento norte la ciudad entera oía los lamentos de los hombres negros que habían sido depositados con otras mercancías en las barrancas del retiro. Gemían porque sus duelos eran absolutos. Sin embargo el esclavo no se agotó en el llanto ni en el efecto narcotizante del “stramonium” que fumaba.

Lo mantuvo atentos la esperanza de recuperar su dignidad.

Los negros haitianos con sangre e ideas de la Revolución Francesa, fraguaron la primera república de nuestro continente. Otros compañeros de infortunio organizaron en el noreste brasileño el Estado de Palmares, que sostuvieron durante más de cien años resistiendo heroicamente a paulistas y holandeses; fue la rebelión de esclavos de mayor duración que conoció la historia. El cine se encargó de difundir las actitudes de los habitantes de Numancia y Massada frente a los romanos, pero los americanos ignoramos que los esclavos cubanos burlaban a sus amos suicidándose en masa.

En el Río de la Plata la resistencia no fue cruenta, se asociaron manteniendo las tradiciones africanas tanto como les fue posible… hasta que las ideas y venidas del ritmo negro – por esas extrañas bromas de la vida- parió al tango blanco.



Oleo: Pedro Fígari


Se calcula que alrededor de 2.400.000 esclavos ingresaron en la América española. Para Brasil se comprueban unos 4.000.000. ¿Por qué si en los primeros momentos de la colonización la Corona española prohibió la entrada a todo aquel que no fuera de viejo linaje cristiano, fomentó luego este tráfico? Las causas estructurales e ideológicas, sumadas, se resumen así: comprendió que se necesitaba mucha más mano de obra para las tareas de la nueva economía que la que los indios podían brindar.


Para mejor sustento de esta determinación, a las demandas de cabildos y personajes, se sumaron las apreciaciones de los religiosos jerónimos y de Fray Bartolomé de las Casas, que apoyaron la aberración de la esclavitud negra con el fin de defender la situación del indígena.


A este último sacerdote, según sus declaraciones, no le alcanzaría la vida para arrepentirse.


La Corona firmó para Buenos Aires dos “asientos” (contratos); uno, en 1708, con la Compañía Francesa de Guinea, que tuvo sus barracas en el Parque Lezama; y el otro, en 1713, con la Compañía Inglesa del Mar del Sud, cuyas barracas estaban en Retiro.


Es estos depósitos, obviamente, los hombres negros, se acumulaban junto a las demás mercancías.


En cada región de América el esclavo tuvo un desempeño y consideración diferentes. En el Río de la Plata, se lo destinó a las tareas rurales, oficios, artesanías, tareas domésticas y, el trato en general fue bueno.


Cuando la severidad del amo sobrepasaba los límites, el esclavo pedía podía pedir carta de venta y cambiaba de dueño, así como compraba su libertad. En Buenos Aires el hombre negro gozó del ocio; gracias a sus ocupaciones podía realizar trabajos particulares, entregando al amo sus ganancias, y en cuotas, conseguir su emancipación.


Pero ellos no solo fueron escoberos, panaderos, hormigueros, amas de leche y lavanderas; también desde las primeras luchas de la independencia, estuvieron en el frente. Cuando el general San Martín, preparaba su ejército, pocos eran los porteños que se enrolaban, de modo que se dispuso que cada propietario debía vender uno de cada tres esclavos para las milicias. Así, regaron con su sangre esclavizada las tierras de sus amos, luchando por la libertad ajena. Y lo hicieron con valentía… Cuatrocientos de ellos cayeron, tan solo, en Chacabuco.


De la desaparición del hombre negro en Buenos Aires es fácil percatarse. La anterior fue una de las causas. Los cuadros demográficos muestran mermas sugestivas.



Padrón de 1836 – Población negra 24%
Padrón de 1858 – Población negra 20%
Padrón de 1868 – Población negra 9%
Padrón de 1887 – Población negra 1,8%



Otras causas:
a) La actividad ganadera, donde pocos hombres se hacen cargo de cientos de animales, hizo innecesario continuar la importación.


b) Con el enrolamiento de los hombres negros se produjo un desequilibrio entre los sexos que condujo al mestizaje y posterior blanqueamiento.

c) Las epidemias de viruela y de fiebre amarilla, hicieron estragos entre ellos.



Su grito de libertad en estas tierras fue el sostenimiento de los patrones culturales africanos. Lo conseguían a través de las asociaciones mutualistas, en las que se agrupaban de acuerdo a su región de origen. Calcados de las sociedades secretas del África Occidental, los primeros grupos se constituyeron de hecho; rápidamente cobraron una estructuración compleja con estatutos, libros de contabilidad y un orden jerárquico. La finalidad primordial era la de recaudar fondos para comprar la libertad de sus hermanos de raza, asistir enfermos, comprar terrenos para edificar las sedes. Estos predios estuvieron ubicados en el barrio de Monserrat, de la Avenida Bernardo de Irigoyen al Oeste.

Oleo: Pedro Fígari



Al lugar se lo conocía como el Barrio del tambor, dado que era el instrumento preferido para sus bailes, o también Barrio del Mondongo. Respecto de esta última denominación, existe una controversia de si deriva del alimento homónimo que los negros consumían a causa de su pobreza, e iban a buscar a los cercanos mataderos; o si el apelativo “mondongo”, se formó a partir de una región congolesa “Dongo” , sumado al prefijo santú “mu” , de lo que resulta “mudongo”.


Estas asociaciones eran conocidas como “naciones” o “candombes”, entre los más conocidos estaba el de “Grigera”, que funcionó en México 1265 entre 1823 y 1901. La nación “Cabunda”, en la calle Chile entre Santiago del Estero y Salta, fundada en 1823, subsistió hasta bien entrado el siglo XX. La “Benguela”, funcionó en México 1272. La nación “Congo Augunga” estuvo en la calle Santiago del Estero, casi San Juan.


Estas asociaciones desaparecieron por efecto de la transculturación, las generaciones jóvenes, ya no deseaban conservar las tradiciones, sino sumarse a los patrones culturales occidentales que gozaban de prestigio “civilizado”.


Murió la tradición africana y murió el hombre negro entre nosotros, a punto tal que los diarios de 1880 en adelante, hacen noticia de esos seres que desapareciendo se convertían en personajes: Cayetano Pelliza, Matías Rosas, Mariana Artigas, Benedicto… ébanos de dolor en papel prensa.


© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna

Versión para Internet del artículo publicado en septiembre de 1993

Este artículo se encuentra protegido por las leyes de derecho de autor, se prohíbe su reproducción total o parcial sin la autorización escrita de sus autores.

*La bibliografía y documentación que lo sustenta, puede solicitarse al correo del blog.

A Boedo le robaron 3 plazas



“En cierto momento Boedo estuvo a punto de recibir
los dones del amor que el Intendente Noel tuvo por su ciudad.
El proyecto de un “Buenos Aires verde”
quedó archivado entre siete planos.


Los que habitamos Boedo sabemos que carecemos de plazas, salvo la que algunos vecinos formaron con tenacidad en Independencia y Muñiz, en el predio que ocupara la vieja escuela F. Ameghino. Excepto ese trocito encajonado entre edificios, cuando queremos pisar césped o que nuestros hijos jueguen, debemos trasladarlos a Parque de los Patricios, Parque Chacabuco o Parque Centenario. Estamos resignados, como si fuera una maldición fundacional que le negó pulmones a este retazo tan sobresaliente de la Capital.

Sin embargo, alguna vez alguien pensó en darnos parques y anchas arterias de paseo, Fue en 1924, durante la intendencia de Carlos Noel, época en que se formó la Comisión de Estética Edilicia, movida por lo que hoy denominaríamos: "una preocupación ecológica".

Este intendente, llamó al país al urbanista y paisajista francés J. C. N. Forestier quien estudió la Ciudad, el clima, plantaciones, zonas libres y costumbres, proyectando reformas para distintos parques de Buenos Aires, como así la creación de nuevas plazas, coincidiendo con las anteriores propuestas de la Comisión de Estética Edilicia.

Una diferencia de criterios consistió en que esta última privilegió la idea de dotar de nuevos espacios verdes a la ciudad por sobre los ya existentes. Ella había respondido al llamado de distintas Asociaciones de Fomento, encontrando justificadas las demandas vecinales para crearlos asegurándole a la ciudad las necesarias condiciones higiénicas y de esparcimiento.

Para cumplimentar el proyecto debían expropiarse en la capital 924 hectáreas: así, de tener un 6% de espacios verdes se hubiese pasado a un 13%, guarismo aceptable al compararlo con los porcentajes de Viena (25%), Londres (20%) y París (12%). El urbanista francés estimaba que había que estirarse como mínimo a un 14%, ya que se calculaba en aquel entonces que a cada habitante le era necesario 7 m2. de espacios libres.

Las consideraciones que al respecto hizo la Comisión, al leerlas en el decurso del tiempo, tienen un velo de "comicidad": Buenos Aires superó cualquier estimación. Se avenían a ese 14% considerándolo más que suficiente ya que:


I- A causa de un proyecto según el cual se establecía la altura y volumen de la edificación así como la proporción de patios interiores, se evitaría en el futuro la densidad excesiva de edificación "que tanto perjudica la salubridad de las grandes urbes modernas, conjurando el peligro de la inevitable congestión". Los funcionarios no pudieron anticipar grandes moles con departamentos de 30 m2., sin patio y con ínfima ventilación.

II- "Entendemos que la condición particular de ser nuestra Capital una ciudad portuaria que goza del inmenso beneficio de la vecindad del Estuario del Río de la Plata, viene a determinar sus ventajas sobre las grandes metrópolis mediterráneas antes citadas". Tampoco previeron que el río dejaría de bañar gran parte de la ciudad de Buenos Aires.

IlI- "Buenos Aires en su zona de extensión no tiene la densidad de población que acusan aquellas mismas capitales europeas"... "Nunca podrá llegar a una congestión que exija aquella proporción de espacios libres". Hoy es la quinta ciudad del mundo.

IV- Se recomendaba la adquisición de la mayor cantidad de "Reservas de terreno", para asegurar el futuro desenvolvimiento de la Capital.


Consideraban que la tierra iría valorizándose, imposibilitando así su compra futura. Tomaban como ejemplo la zona del bañado de Flores en el que se haría un parque-bosque de 660 hectáreas, de las que debían comprarse 330, las cuales en ese momento se conseguían a precio ínfimo ya que en su mayor parte eran inundables. Pero que en pocos años las obras de del Riachuelo harían desaparecer las inundaciones. esas tierras que serían Ocupadas por fábricas nuevas o desalojadas de las zonas centrales adquirirían gran valor. En aquél momento se privilegió la compra de terrenos para oxigenar la ciudad con muchos "pulmones", y no para edificar.

Pero la cuestión no terminaba en las plazas y jardines. Dado que Buenos Aires había nacido con el molde de las ciudades españolas, tenia como centro la Plaza mayor (Plaza de Mayo), pero a medida que la ciudad se desarrolló los nuevos núcleos urbanos se alejaron y diferenciaron del antiguo centro neurálgico. Por eso se proponía la construcción de grandes arterias diagonales, que abriéndose en forma de abanico hacia la periferia, unieran plazas, edificios públicos, centros comerciales, acelerando la comunicación; pero que principalmente, por su trazado y recorrido irregular, pondrían una nota de pintoresquismo ya que serían avenidas-paseos de mayor anchura, arboladas, con un arreglo particular que las convertiría en verdaderos centros de esparcimiento.




EL PROYECTO EN BOEDO

Ahora bien, en conocimiento de esta propuesta de reforma veamos en el plano, como hubiera quedado modificado nuestro barrio:


1- Un hermoso parque de 4 manzanas entre Humberto Primo, Virrey Liniers, Cochabamba 24 de Noviembre, llenaría nuestra atmósfera de oxígeno.Sabemos que eran tierras a expropiar. Esos terrenos estaban a unos 100 m. de los Talleres Vasena, hoy Plaza Martín Fierro.
2- Una diagonal-jardín, de 500 mts., prolongación de Oruro, nos llevaría desde Carlos Calvo y Rioja hasta Independencia y Boedo, donde hay otra plaza. Observando el pie del plano vemos una avenida arbolada sobre Jujuy que viene de Plaza Once, se dirige por Chiclana hasta Garay y Deán Funes; luego, por la calle Oruro y su prolongación llega hasta Independencia y Boedo, conformando un circuito de avenidas-paseos.

3- Una plaza pequeña queda delimitada por EEUU., Maza, Independencia y Boedo. En honor a la verdad, debemos reconocer que aunque se repite una y otra vez en los planos, no hallamos definida su situación en las nóminas de las obras a realizar.

4- Tan cerca nuestro, que apenas despega del mapa actual de Boedo, otro magnífico parque: Asamblea, Av. La Plata, Tejedor y Doblas (aunque la previsión del proyecto la llevaba hasta Viel, también en terrenos a expropiar). Quedaba enmarcada por 2 bellas diagonales.

5- Una, de Asamblea, Av. La Plata y Directorio. Obsérvese que tenía su origen en Asamblea, lo que tornaba fluída la comunicación entre Caballito y Parque Chacabuco. En su prolongación con la siguiente diagonal establecían una conexión forestada entre Parque Chacabuco y Parque de los Patricios.

6- Otra, que atravesaba el corazón de nuestro barrio, desde San Juan y Av. La Plata hasta Liniers y Caseros, desembocando en el Parque de los Patricios, acortando las distancias entre las zonas SUR-ESTE y NOR-OESTE de la Ciudad. Esta tendría una longitud de 1850 mts.

7- Por último una pequeña diagonal de 150 mts. desde Loria y Brasil a Chiclana y Liniers, que tenía por función unir Chiclana con Brasil

Debe destacarse el valor estratégico de esta pequeña modificación.

Estos proyectos compartidos entre la Comisión de Estética Edilicia y el arquitecto Forestier se basaban esencialmente en el mejoramiento de la habitabilidad de la urbe porteña. Un ejemplo claro de esta intención era que se consideraba necesario una distancia de no más de 250 m. (o sea 5 minutos de caminata de un anciano con niños) entre un jardín de juegos y otro; igualmente una separación no mayor de 500 m. (10 minutos de caminata) entre plazas.

La realidad nos mostró que este proyecto no germinó, y Boedo se quedó solamente con el verde de las copas de los árboles


© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna

Publicado en septiembre de 1994


Versión pra Internet

* Este artículo se encuentra protegido por las leyes de derecho de autor, se prohíbe su reproducción total o parcial sin la autorización escrita de sus autores.*La bibliografía y documentación que lo sustenta, puede solicitarse al correo del blog.

Biblioteca Cané


Los vecinos de Boedo hemos tenido muchos importantes motivos para enorgullecernos:
poetas, escritores, hombres de genio, teatros, cines,
una Universidad Popular, Peñas Artísticas.
De tantos que ayer fueron, subsiste la Biblioteca Cané, en Carlos Calvo 4321.


Muchos de nosotros -los que escribimos esta nota y quienes la leen- estamos habituados a acercarnos a ella, observamos que los concurrentes no son sólo de la barriada boedense. La biblioteca Cané centraliza a lectores que llegan desde la Provincia de Buenos Aires; muchos de ellos se lamentan de no ser vecinos de la ciudad porteña, pues eso les permitiría asociarse a la Biblioteca Circulante, tal es el prestigio que posee.

Aunque haya perdido el esplendor edilicio de otras épocas, nuestra biblioteca nació vigorosa y, su actual vigencia surge de la fuerza de su obra que la constituye en un centro del saber irreemplazable en la ciudad de Buenos Aires. Esto se refleja en las recordadas palabras con que el Intendente Mariano de Vedia y Mitre inauguró su actual emplazamiento el 6 de diciembre de 1935: “Por eso una biblioteca pública es algo más que un instrumento de cultura. Es efectivamente una manifestación de solidaridad, de la cooperación social y, en ese sentido constituye para el estado, llámese Nación, Provincia o Municipalidad, el cumplimiento del deber, y del deber hoy indeclinable” (sic)

Sus orígenes se remontan al 25 de junio de 1926, cuando se ordenó la instalación de Bibliotecas Municipales en los barrios industriales, siendo la primera en establecerse, la que fuera bautizada con el nombre de “Miguel Cané”, en Independencia 3899.

El aumento en la afluencia de público obligó a que la biblioteca se mudara a su actual sede, en la fecha antes señalada. A partir de allí y por algunos años vivió sus mejores momentos; testimonio de ello eran los servicios que prestaba a los lectores en las instalaciones que poseía. En aquella época se puso especial cuidado en lograr que fuera moderna en materia de luz, ventilación y atención para los 600 concurrentes diarios que las estadísticas indicaban (por la ficha que integra cada lector, se sabe que en una jornada excepcional, se registraron 1006).

Instalaciones

En la planta baja, se encontraba el salón de lectura, donde cada lector disponía de un escritorio con luz local y un accesorio que adecuaba la inclinación del libro; los ruidos del tránsito exterior habían sido reducidos con caminos de goma. También ocupaba dicha planta la primera hemeroteca fundada en Hispanoamérica, que recibía diarios y revistas de todo el mundo, con temas referidos a todas las ramas del saber y del quehacer humanos; estas publicaciones permanecían largo tiempo a disposición del público, coleccionándose luego las más representativas de cada país.
En pocos segundos, el amplio salón de lectura se podía transformar en sala de actos públicos, con características de acuerdo a las circunstancias; tenía un escenario movible que se ampliaba o reducía de acuerdo a las necesidades, donde se ofrecían representaciones teatrales, proyecciones cinematográficas, conciertos musicales y conferencias. La cuarta dependencia allí instalada, era la oficina de informes, que proporcionaba al público, todo tipo de datos sobre servicios públicos del país y del extranjero.
En la planta alta, alejada de todo ruido, funcionaba una sala destinada a investigadores, que podían trabajar en la biblioteca como si fuera propia. Para 1936 se proyectaba una sala exclusiva para las investigaciones de historia nacional, como así también una conforoteca, donde se reunirían todas las conferencias realizadas en el país. En el mismo piso estaba la biblioteca circulante, que contaba en aquel momento, con 5000 volúmenes que se esperaba triplicar en un año; el movimiento de libros rondaba los 35 a 50 por día. La Dirección de Administración de la Biblioteca, junto a la Comisión Nacional de Bibliotecas ocupaban también el piso alto.
Finalmente en el subsuelo funcionaba la biblioteca infantil.

Servicios

Hoy resultan curiosos, aspectos y actividades que realizaba la Biblioteca Cané en aquellos años.
En las vidrieras, a la calle, se exponían las novedades recibidas.
Había una sala de reparaciones, donde se arreglaban y desinfectaban los libros cada vez que habían sido usados.
Personal especializado traducía los títulos de los impresos que llegaban del exterior, pero si algún lector lo solicitaba se realizaba la traducción total del texto.
La Biblioteca aceptaba donaciones por mínimas que fueran, las retiraba del domicilio del donante, quien solo con un llamado telefónico concretaba el trámite.
También aceptaba libros en depósito que eran devueltos en perfecto estado de conservación cuando los reclamaba su dueño, no obstante haber sido utilizados por el público. Este servicio era promocionado por la biblioteca.
Todo informe podía reclamarse telefónicamente o por correspondencia, en idioma castellano, alemán, francés, italiano, inglés y portugués. Aún sobre la circulación de medios de transporte de la ciudad.

En 1953, en su cede se fundó la Primera Biblioteca Municipal para ciegos, en la convicción de que las bibliotecas Municipales, debían abarcar a todos los sectores de la población.

Hoy han desaparecido la hemeroteca, la sala de conferencias, la sala de investigadores, los pisos de goma, los dispositivos de comodidad de la sala de lectura; pero la Biblioteca Cané, sigue en pie, manteniendo sus dos condiciones esenciales: una importante colección bibliográfica y la esmerada atención de un personal calificado. Como ya hemos dicho, su fama ha trascendido los límites del ejido capitalino, y, para los porteños es la decana de las bibliotecas municipales, para el barrio de Boedo un orgullo tenerla dentro de sus tesoros culturales.

Nuestra permanente concurrencia al lugar para el desarrollo de nuestra tarea, nos convirtió en testigos circunstanciales del tremendo deterioro que la acción del tiempo produjo en el edificio. La Biblioteca estaba injustamente postergada, sufría carencias severísimas, en lo edilicio y estructural. Venía de un período de olvidos, situación que originó la serie de artículos que sobre ella escribimos, a partir de enero de 1993, solidarizándonos y, recordando a vecinos y autoridades municipales, lo que la “Miguel Cané” había significado en la historia y cultura de nuestra ciudad.

A pesar de los problemas, continuaba viva, nos contaba quien era entonces la Jefa de división a cargo de la Biblioteca, Sra. Roselba Martínez de Mac Lean, como la institución continuaba realizando tareas que iban más allá de la mera lectura.

En 1990 cuando Salas era Director de bibliotecas, y Antonio Requeni, padrino de la Migue Cané, se dictaron conferencias, se celebró por primera vez el “día del poeta”; se participó en el programa radial ”Che Buenos Aires”; se recibieron obras de concursos de cuento y poesía. En 1991, también se recibieron obras para el concurso de poesía organizado por la Dirección de Bibliotecas.

En el 93 funcionó la “Hora del Cuento”, donde niños de tres a diez años participaron dramatizando situaciones emanadas de las lecturas, coordinados por un especialista.

También se desarrolló una serie de conferencias sobre “la nueva forma de generar empleo”, dirigidas a adolescentes y público en general, cuya idea partió de la coyuntura socio-económica, que la Argentina vivía en aquellos días.

En 1992 la Biblioteca recibió un promedio diario de 70 a 80 lectores y se solicitaron unos 10 préstamos domiciliarios.

La atención se extendía a los tres niveles estudiantiles, incluyendo la biblioteca infantil para los más pequeños.

A su población general se agregan los investigadores que trabajan, por ejemplo, en sus tesis doctorales; personas muy ancianas que se vuelcan a la narrativa y viejos profesionales que estudiaron en su ámbito y pasan hoy a visitarla con afecto.

Para quienes la frecuentábamos en búsqueda de obras eruditas y específicas, era común asombrarnos ante los hallazgos. Obras de valor indiscutible, que el personal se preocupaba de poner a nuestra disposición con diligencia y actitud profesional.

De su colección bibliográfica se contaban entonces 45.000 títulos. Por su antigüedad son dignos de destacar, “Della eloquenza italiana” de Giusto Fontanini, editado en 1736; “Saggi di disertazioni accademiche” impreso en 1742.

Por otra parte, colecciones de gran calidad en historia del arte, literatura universal, letras argentinas e historia natural.

El nivel de preparación del personal, en aquellos días negros de su historia, era elevado, desde egresados de la carrera de Bibliotecología, estudiantes de la misma y de otras disciplinas universitarias. Recursos humanos, que a pesar de las dificultades estaba siempre pronto a multiplicar los auxilios para satisfacer las demandas.

Elogiábamos a todos, en aquellos días, sintetizándolos en la Srta. Susana Carp, quien siempre puso su erudición a nuestro servicio.

Afortunadamente, en los años que siguieron, la biblioteca fue rescatada del olvido y, si bien no regresó a sus tiempos gloriosos, ha recuperado al menos los recursos para operar dignamente, con confort. Hoy, los talleres, las representaciones teatrales, conferencias, etc., se ofrecen, sobre una estructura edilicia adecuada y no en medio de las inundaciones, como ocurría. Nos ha tocado ver en los noventa, como había que correr apresuradamente los libros de lugar para que no los sepultara el agua.

Hay que reconocer al lector, al vecino, el reclamo que hizo posible ese cambio.

Un empelado de lujo

Entre 1937 y 1946, formó parte del personal, el escritor Jorge Luis Borges. En ese tiempo escribió: “La biblioteca de Babel”, “La lotería de Babilonia”, “La muerte y la brújula”, “Las ruinas circulares”, “Pierre Menard, autor del Quijote”, “Tiön Uqbar Orbis Tertius”. “El jardín de los senderos que se bifurcan”, “Ficciones”. De la misma época son: “antología de la poesía argentina” firmado junto a Bioy Casares y Silvina Ocampo y, notas que aparecieron en las revistas “el Hogar” y “Sur”.

En el anecdotario de la Biblioteca Cané, encontramos el escritorio y el tintero, que según los dichos fueron los usados por Borges, para escribir esa obras. Pero además, como se ayudó en los noventa, a un descendiente del Sargento Cabral a componer la biografía de su antepasado. Que en la década del 60 funcionó en el sótano el “Teatro libre del Oeste”; que en 1964, estuvo Sergio de Cecco con sus títeres.

En Mayo de 1990, Carlos Saura visitó el lugar buscando ambientación para filmar el cuento “Del Sur”. Un grupo del Centro parisino George Pompidou, atraído por el antiguo prestigio de la biblioteca. Concurrió a visitarla. Así como especialistas estadounidenses de la obra de Borges.

La biblioteca tiene su cede en Carlos Calvo 4321 (1230) Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Tel: 4922-0202



© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna
Versión para Internet del artículo publicado en enero de 1993
*Este artículo se encuentra protegido por las leyes de derecho de autor, se prohíbe su reproducción total o parcial sin la autorización escrita de sus autores.
*La bibliografía y documentación que lo sustenta, puede solicitarse al correo del blog.

Cuadreras y Pulperías


Los reseros del sur pintaron de cuadreras Buenos Aires. El barrio de de Boedo, tuvo el más afamado “tiro” por Chiclana, desde Loria a Boedo. Hasta 1920, existió un almacén a cuyos pies se frenaban los galopes.

En el cruce de las Avenidas Chiclana con Boedo, donde el barrio de Boedo, comienza a amalgamarse en lo que fuera el Pago del Riachuelo, justo en el ángulo donde hoy funciona un comercio de zapatería, se alzaba hasta 1920 el almacén de Juan Negro. Allí los jinetes “clavaban” los parejeros que venían galopando sin resuello desde Loria, donde se encontraba la famosa “esquina de los corredores”, que no era otra cosa que una pulpería ubicada en esa calle, entre Chiclana y Rondeau, mirando al este.

Si se corría por Chiclana era por ser esta un zanjón de lecho arenoso que facilitaba el “afirmarse” de los caballos. Para algunos historiadores, esas confrontaciones se desarrollaban desde 1845, lo que nos parece probable, porque se lo denomina “esquina de los corredores”, en el Plano de Sourdeaux, de aproximadamente 1850 y, en un hecho policial de la misma época, que luego narraremos.

Debemos tener en cuenta que la existencia de los Mataderos, primeramente en lo que hoy es Plaza España, y a partir de 1856 en el actual parque de los Patricios, produjo, extramuros de Boedo, un movimiento de gente a caballo proveniente de la campiña, muy diestra en el manejo del cuchillo, que era empleada en estos establecimientos.

Estos “cosacos” nuestros tenían sus domingos de esparcimiento en esa diagonal en la que se jugaba dinero, la virilidad, el triunfo y quizás y la vida.



En esas competencias que se desarrollaron hasta casi finalizar el siglo XIX, se unían, curiosamente, emociones primarias entre varones de distintos estratos sociales, se arrimaban los hábiles reseros de Patricios, los obreros del ladrillo de Boedo y los aristócratas de la ciudad, quienes luego poblarían los hipódromos.

Cuadreras se realizaban en muchos de Buenos Aires. Desde 1820, se registraban en: las Avenida Luis María Campos, del Libertador, Montes de Oca, Eva Perón desde Varela al oeste, y en Coronel Roca. Pero ninguna alcanzó la fama de la que nos estamos ocupando, ya que incluso sus carreras se anunciaban en el diario.

Llanes comenta un artículo del diario “Sud América”, de fines de 1889, en el cual se informa que ha muerto el último parejero criollo, conocido como el Gaitán de Pérez, desaparecido a los 25 años de edad, luego de haber sido uno de aquellos “pingos” de la “esquina de los corredores”.

Quizás haya competido con “el Nene” de Barracas, “el Dorado” de Palermo, “el Toyito” del corralón de Esteban, “el Tostao” de Caballito, verdaderas estrellas que hicieron de ese rincón de Boedo la pista más famosa de la ciudad.

El alguna época la “esquina de los corredores” estaba comprendida en una de las primeras estancias que conocería el “Pago del Riachuelo”; posteriormente, ángulo de la “Chacarita de los Franciscanos”, cuando por allí grandes extensiones de tierra eran de los lima, los Elorriaga, los Pereira, los Lezica y los Gowland. Años más tarde, cuando ya estaban constituidas importante y conocidas quintas en Boedo, como la de Guedes, Pereira, Alais, Casares, a la esquina la circunscribían tierras de Martín Rodríguez, Aldao, Juan Díaz, Josefa Vidal y otros.

Ese sector no careció de figuras reales que dieron origen a personajes de novela. Hablamos del famoso bandido Juan de la Cruz Cuello, que tenía como uno de sus refugios las tierras de la Chacra de San Francisco (posiblemente limitada por Chiclana, Catamarca, Boedo, Pavón) En el amanecer de 1850 se encontraron los secuaces de Cuello con los baqueanos de don isidro Silva, juez de paz de Flores, fue una lucha larga y cruenta. Los bandidos tenían a su favor la espesa arboleda que rodeaba l quinta; el delincuente huyó montado en un tordillo que tiempo atrás había robado a Juan Manuel de Rosas. Isidro Silva tuvo que conformarse con capturar a tres prisioneros y rescatar al famoso “Pico blanco”, parejero del paisano Juan Cremuta.



Ayer, en esa Chiclana arenosa se imponía la habilidad del parejero que su jinete guiaba hacia un meta. Hoy, en el asfalto de Chiclana, apenas el semáforo da vía libre, la “picada” sin destino encuentra su máxima expresión según la cilindrada.






© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna

Versión para Internet del artículo publicado en setiembre de 1995

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Misterios, fantasmas del ayer, los franciscanos y el Petiso Orejudo



Un todo tamizado por la prensa:
quintas y cementerios fantasmas, un reloj de sol del 1700,
la víctima de uno de los criminales
más conocidos de nuestra historia….
El periodismo, por si acaso, sigue allí de guardia,
los historiadores no la perdemos de vista.


Hay una manzana de Boedo (la delimitada por las calles: Pavón, Quintino Bocayuva, Tarija, Castro) que sirvió reiteradamente de fuente al periodismo, y mantiene atentos a los historiadores con sus misterios que no cejan.

Hoy, apacible, se ha olvidado de cuanto los periodistas la recorrieron de punta a punta buscando testigos para sus pistas.

Vamos a narrar esta historia desde el hecho más reciente, hasta el más antiguo.

Terminaba el año 1912, Buenos Aires es sacudido por el brutal asesinato de un niño de 3 años, Gerardo Giordano, que se comete en los terrenos de la que fuera la quinta de Pancho Moreno [1].

La policía actuó rápidamente; el subcomisario Peire, al frente de la investigación, relacionaba este hecho con otros similares (varios de los cuales acaecieron en un perímetro que tenía a Boedo como eje) hasta que da con el asesino del chico, Cayetano Santos Godino, de 16 años, domiciliado en General Urquiza 1970, tristemente conocido por su alias “ el petiso orejudo”.

Foto: Santos Godino, conocido por su alias: "el Petiso orejudo"


Un mes antes de éste hecho, en un terreno alfalfado de nuestra famosa manzana, con frente a Quintino, personal de la Comisaría 12, encontró semiahorcado a un chiquito de unos dos años, apellidado Russo, víctima también de la grave patología de Godino. Si bien con posterioridad a la detención y declaratoria del asesino el periodismo comenzó ocuparse de Quintino Bocayuva, entre pavón y Tarija, esa no era la primera vez.

En mayo de 1901, la popular revista “Caras y Caretas” publicaba un artículo según el cual se adjudicaba el descubrimiento, en la manzana de marras, de un reloj de sol, que databa del año 1786. Según el periodista, indicaba el lugar donde estaba la quinta del tallista Perey Peregoso. Terreno el de esta manzana que había formado parte de la Chacarita de los Franciscanos.

Años más tarde, en el diario Clarín, del año 1951, Silvestre Otazú escribió una serie de artículos sobre el barrio de Boedo y recordaba este reloj, pero rodeándolo de un cementerio franciscano.

Varios historiadores han tratado el tema.

Habría sido tan grato para nosotros desarrollar una relación legendaria en torno a un reloj de sol en medio de un cementerio, o de una orden que no dejó rastros aparentes en el corazón del barrio de Boedo. Pero, en rigor de verdad, debimos atenernos a los datos que brinda la documentación; es cierto que los franciscanos poseyeron una quinta en el siglo XVIII cuyos límites parecen haberse reducido al perímetro comprendido por Catamarca, Pavón, Boedo, Chiclana. Aunque esto parece muy definido, la interpretación de los datos genera opiniones contrarias.

Para algunos la Chacra nació cuando se produjo el arrendamiento de las tierras de la estanzuela de Pedro de Rojas y Acevedo (sabemos que en ella existió la primera capilla de la zona); por otro lado, se la considera emergente de la venta que Doña María Garzón, último descendiente de la familia que poseía esos terrenos desde el siglo XVIII, le hace al convento de San Francisco.

Aceptando una u otra teoría, lo real es que en el siglo XVIII, los franciscanos poseían unos terrenos, en los cuales permitieron afincarse a numerosas familias pobres. Esta generosidad, suscita un problema social, cuando en 1783, la orden le vende sus tierras a Miguel Ramírez.

Si armamos el rompecabezas, encontramos que en la manzana descrita por Caras y Caretas jamás hubo afincamiento franciscano, es más, que el reloj se construyó tres años después de haberse desprendido los religiosos de su chacra. [2]

Llama la atención, que se señale que allí estuvo la quinta del tallista Perey Peregoso, siendo que el dueño de la chacra donde se ubica la manzana se apellidaba Pereyra. Fue éste quien donó la tierra para abrir la cortada que lleva su nombre. Supo tener por vecinos a los herederos de Cuitiño, a Rufino Roig, a Carlos Guedes, a los Riso, a Saturnino González, a los Aldao.

El reloj es, sin duda alguna, un misterio que confiere a esa manzana una característica especial. Lamentablemente fue demolido, quizás al lotearse la tierra, por lo cual es muy difícil establecer el lugar exacto donde estuvo erigido.


______________________

[1] Quinta del Perito Francisco Pascasio Moreno. Estaba limitada por la Avenida Caseros y las calles Deán Funes, Brasil, Catamarca.
[2] Por otra parte, no se comprendería porque la orden religiosa tendría el enterratorio tan alejada de su Iglesia.




© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna


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Versión para Internet del artículo publicado en may0 de 1995


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LosTerceros

Escasos son los datos que poseemos acerca del aspecto de
Buenos Aires en los albores del siglo XVI,
debemos confiar en informaciones llegadas
de los viajeros y en las huellas e indicios
que quedaron de ese tiempo.



Cuando Garay fundó la ciudad eligió la meseta limitada por la Plaza San Martín y el Parque Lezama.

Esa meseta era el paraje más seguro contra la crecida del río, tenía en sus puntos más sobresalientes veinte metros de altura sobre el nivel de las aguas y, estaba bordada en sus flancos por dos largos zanjones que con las lluvias se convertían en impetuosos arrojos.

La costa porteña es de tosca y a ella sólo podía bajarse siguiendo la desembocadura de los zanjones que surcaban la futura ciudad, constituyendo el vehículo natural de sus aguas pluviales y, que limitaron durante mucho tiempo su expansión y crecimiento urbano a causa de las dificultades que causaban a los habitantes de fuera de ellos cuando llovía, sobre todo con respecto al abastecimiento. Por eso el Retiro y el Socorro se poblaron después del oeste.

Algunas de las ondulaciones que hoy podemos observar en el suelo de Buenos Aires, fueron originadas por el cauce de esos arroyos tristemente célebres y conocidos con el nombre de “Terceros”. El origen de este nombre se debió a que así llamaba el pueblo a los recolectores de basura; paradójicamente a esos cursos de agua se arrojaban los trastos inservibles, creyendo equivocadamente, que en épocas de lluvias llegarían al río, obteniendo así solo contaminación.

Hasta el año 1870 las esquinas por donde corrían los “Terceros” tenían puentes. En 1885 don Torcuato de Alvear, primer intendente porteño, comienza a cambiar la fisonomía de la ciudad eliminando los puntes y entubando los Terceros. No obstante los días en que hay gran afluencia de agua el “Tercero del Medio”, suele protestar, ahora que está prisionero en el subsuelo de Buenos Aires, y su murmullo se percibe en el pasaje Tres Sargentos.

Los principales “Terceros”, eran: el “Zanjón Primero” o “Tercero del Sud”; El "Zanjón Segundo” o “Tercero del Medio”; y el “Zanjón de Granados” o “Gregorio o Goyo Viera” o “Tercero Manso”.

El Primero o “ Tercero del Sud”: corría desde Plaza Constitución, llegaba a la calle México recorriéndola cerca de dos cuadras, torcía su curso hacia el sud, tomando la calle Chile y desaguaba en el Zanjón del Hospital, así llamado pues en las cercanías se hallaba el Hospital San Martín, que a su vez, vertía las aguas en el río.

El curso del Tercero del Sud marcaba el inicio del arrabal al que se denominó Alto de San Pedro.

Su cauce variaba durante el recorrido en profundidad y anchura. Durante el verano era un hondo cañadón casi seco mientras que en épocas de lluvias desbordaba inundando los aledaños.

A la altura de la calle Perú y Chile fue construido un puente por orden del Virrey Vértiz para unir el norte y el sur de la ciudad en épocas de lluvias; se lo conoció como el puente de Granados por estar en tierras de propiedad de dicha familia.

El Segundo o “Tercero del Centro, o “Tercero del Medio”: se formaba en los alrededores de la plaza Congreso siguiendo en forma zigzagueante por Corrientes, libertad, Tucumán y Cerrito para formar un bañado en la Plazoleta de Viamonte y Suipacha, desde allí se seguía por el zanjón de Matorras hasta el pasaje de Tres Sargentos desaguando en el río.

En el año 1827, Santiago Wilde inauguró el Parque Argentino, un lugar de diversiones a la usanza europea, en la manzana de Viamonte, Córdoba, Uruguay y Paraná. Pero cuando llovía los concurrentes no podían llegar, así fue que combinó con don Pablo Villarino, vecino de la zona, que poseía una casa con mirador para que este colocara en el mismo dos banderas blancas y rojas cuando se podía pasar. Si estas no estaban, la concurrencia sabía que el “Tercero” no les permitía llegar. La empresa tuvo que ser abandonada al tiempo por lo difícil que era el acceso.

El Tercero Manso, o de Granados, o de Goyo, o GregorioViera: era el más extenso. Juntaba el agua de tres lagunas que se concentraban alrededor de la esquina de Saavedra y Belgrano, además de un amplio bañado en Anchorena, Corrientes, Pasteur y Córdoba. Después de una serie de vueltas seguía por detrás de la recoleta cruzando por Avenida Libertador para desaguar en el Río a la altura de la calle Austria.

Los Terceros llegaban a tener una poderosa correntada en épocas de lluvias o crecientes arrastrando lo que se interponía a su paso formando además lagunas y pantanos; era una pesadilla para el vecindario de Buenos Aires. Llegaban a generar inundaciones que la historia ciudadana no olvida, como sucedió en el año 1780 en que llovió treinta y cinco días seguidos.; fue para el mes de agosto, coincidiendo con Santa Rosa. La ciudad quedó cercada por el agua, la gente permaneció en sus casas comiendo viandas secas.

Los pantanos y hondonadas eran ya peligrosos que se debieron poner centinelas a lo largo de la actual calle Rivadavia para proteger a los eventuales transeúntes.

En la Plaza del Parque (actual Lavalle) el caudal del “Tercero del Centro” formó una laguna donde se podían cazar patos en sus nauseabundas aguas que bañaban un enorme basural que estaba donde hoy se encuentra el Teatro Colón.

De vez en cuando, los Terceros, nos sorprenden recordándonos el pasado y aparecen sorpresivamente. En septiembre de 1860 se hundió un patio en la calle Chile 370 dejando ver una galería llena de agua con los caños adyacentes ; anteriormente en 1957 en una obra en construcción en Chile 362 se descubrió un subterráneo con una curva, tenía entre cuatro y cinco metros de diámetro, construido con ladrillos antiguos. Más tarde se descubrió en Defensa 726 una galería parecida que cruzaba la calle: entraba por 727 y 747 doblando luego por Independencia, casi en ángulo recto. En 1986 estando en obras el caserón de Defensa 757, vuelve a aparecer la galería con sus paredes revestidas de ladrillos y techo en arco, de medio metro de circunferencia. Estaba relleno de escombros, hallándose objetos de mucha antigüedad: botellas de cerveza, frascos de ginebra, herraduras, trozos de porcelana inglesa y alemana, estribos y hornillos de hierro.

Estos “Terceros” que hoy parecen tan distantes, sobreviven como arroyos subterráneos entubados, que conjuntamente con el Maldonado, Vega, Cildañez, Medrano y otros llegan al Riachuelo siendo los desagües de la ciudad.




© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna


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Versión para Internet del artículo publicado en Julio de 1993.

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La Tucumanesa


A la dulce tentación del libre comercio, la aristocracia respondió
con vasallaje y zapallos en almíbar,
mientras el pueblo organizaba la resistencia desde la trastienda
de una librería.
Conocidas o anónimas, las mujeres desempeñaron
en ella un papel destacado.




Derrotada en Trafalgar, después de 1805, la situación política española era sumamente complicada, mientras que Inglaterra se pertrechaba militarmente. La corona española comenzó a tener certeza de un desembarco inglés en el Río de la Plata, justamente cuando los británicos, en su afán de anexar el Cabo de Buena Esperanza – punto estratégico para el control marítimo con el este- realizó a fines del mencionado año una maniobra de encubrimiento por la cual tocó Brasil antes de dirigirse a El Cabo.

En ese momento el virrey Sobremonte instaló las fuerzas militares en Montevideo; al enterarse de la ocupación inglesa del Cabo de Buena Esperanza, consideró alejado todo peligro para estas costas del río.

Sin embargo la oficialidad británica emprendió rumbo hacia Buenos Aires y la atacó por sorpresa el 25 de junio de 1806. Desembarcaron en Quilmes. El virrey que esa noche estaba en el teatro, recibió la noticia y su primera reacción fue reunir el tesoro huyendo con él a Córdoba.

Beresford quebró fácilmente las tres líneas de resistencia; una sobre las barrancas de Quilmes, otra en los Altos de la Convalecencia (terreno entre los actuales hospitales Rawson y Moyano) y, la tercera en la intersección de las hoy denominadas calles Bolivar y Caseros.

La población porteña, mientras, permanecía en sus casas, escuchaba el chapoteo de los 1500 hombres de Beresford, que con seis cañones y dos obuses tomaron el fuerte. Apenas ingresados a él, el jefe de los astilleros británicos inventarió las armas que las autoridades españolas del virreinato no habían querido entregar ni al pueblo criollo, ni al español. Esto hizo que en un primer momento no se pudieran organizar las milicias de resistencia.

Con la larga astucia de los hijos de Albión, en su primer bando Beresford hizo saber de su respeto por la religión católica, de la protección sobre la propiedad privada; que todo lo demandado seria pagado y, hasta tanto se conociese la voluntad de la majestad británica, se gobernaría por las leyes municipales existentes, gozando además del libre comercio. A esta altura, el Cabildo y todas las autoridades civiles y eclesiásticas se habían rendido, prestando juramento de fidelidad a la corona inglesa, con la promesa de la quiebra del monopolio, la aristocracia porteña cayó bajo sus pies. Así fue que conocido el apetito goloso del conquistador, comenzaron a llegar a su casa, fuentes de dulce de leche y zapatos en almíbar, eran fuentes de plata que el jefe invasor tomaba como obsequio y encajonándolas como había hecho con el tesoro que en Lujan le había arrebatado a Sobremonte, las enviaba a Inglaterra.

Estas familias se disputaban a los rubios intrusos en sus tertulias. Así ellos descubrieron que esta “bárbara sociedad” no tomaba té, dormía mucho y, que sus mujeres sufrían demasiadas jaquecas. Por su influencia se quebró la severa cortesía española; la sociedad criolla aprendió a brindar con la copa en alto, a cambiar el cubierto con cada plato, a estrechar la mano en señal de saludo y presenció algún partido de cricket, lo que anticipó el influjo inglés en nuestro deporte, como quedó demostrado con el fútbol. También introdujeron la rabia conjuntamente con sus perros.

No toda la población tuvo idéntico comportamiento.

La resistencia comenzó a organizarse en la trastienda de una librería. Desde allí se distribuyeron órdenes y dinero; clandestinamente se reunieron cientos de vecinos criollos y europeos, pero no tenían ni un plan, ni un jefe.

Hasta que apareció Santiago de Liniers el 12 de agosto, el francés que había organizado la resistencia desde Montevideo, le hizo llegar a Beresford la intimación. La lucha organizada y finalizó con el general inglés arrojando su espada desde el Fuerte en señal de rendición.


Manuela Pedraza, “la tucumanesa”

Entre tantos anónimos residentes, los días 10-11 y 12 de agosto, Manuela “La tucumanesa”, luchó codo a codo con su marido “con el que formaba una pareja de leones”. Según el documento que más tarde le otorgara el grado de subteniente de infantería “era una mujer varonil con alegría de presagio de victoria”, que acaudilló grupos de guerrilleros de todas las edades, los cuales arrastraron cañones hasta la Plaza Mayor.

En el fragor de la lucha su marido murió atravesado por una bala; ella levantando su fusil mató al inglés que le había disparado.

De esta heroína apenas se sabe que años después continuaba viviendo en Buenos Aires, aparece en un juicio por desalojo de una pieza que alquilaba y, que terminó sus días trastornada y en la miseria.




© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna

*Este artículo se encuentra protegido por las leyes de derecho de autor, se prohíbe su reproducción total o parcial sin la autorización escrita de sus autores. Publicado en Junio de 1994.

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La Sargento Céspedes y sus hijas las muy agraciadas



JULIO 1807: LA DEFENSA

Desmintiendo la creencia popular,
los impactos en la torre de Santo Domingo
no fueron efectuados por los invasores ingleses,
sino por los hombres porteños que no dudaron,
a pesar de su fe, en destruirla
si fuera necesario para desalojar a los intrusos.
Mientras tanto la mujer,
en la misma batalla
apelaba a los recursos más astutos.



En julio de 1807 los ingleses reincidieron en sus afanes de conquista. Martín de Alzaga, apoderándose del Cabildo tomó la decisión de resistir. Se hicieron pozos artificiales en las principales esquinas; los vecinos se apostaron en las azoteas con granadas de mano y con piedras. El domingo 5 de julio se libró la batalla decisiva.

Una de las misiones fundamentales que traían los británicos era apoderarse de la iglesia Nuestra Señora de Belén (actual San Pedro Telmo), y del hospital de los Bethlemitas (hoy Museo Balvé), a los que consideraban de gran valor estratégico. El oficial a cargo lo consiguió, para quedar luego recluido en la iglesia de Santo Domingo, donde se iba a dar el episodio más dramático de la segunda invasión.

En la esquina de Belgrano y Perú, en la Casa de la Virreina, luego de tres horas de lucha se produjo el mayor descalabro para los ingleses en sus “Brigadas ligeras británicas”. Sobre este suceso, contaba Martín Rodriguez que por los caños de desagüe del techo corría la sangre a la calle. Los resistentes apenas vencían una columna inglesa, corrían atacar otra. Muestra de la decisión de este pueblo fue que no dudó en bombardear la iglesia de Santo Domingo, a pesar del profundo fervor religioso de la época, para desalojar a esos invasores que luego lo describiría como “gentuza de tez oscura, baja y mal hecha”.



MARTINA CÉSPEDES

En Humberto Primo al 300, al oeste de la actual escuela Rawson, vivía la porteña Martina Céspedes de 45 años, quien junto a sus tres hijas atendía una casa de comidas.

Según el doctor Maroni, estas jóvenes eran de físico muy agraciado y, gozaban de “demasiada popularidad”.

Los invasores avanzaban desde el sur saqueando pulperías y embriagándose más y más; doce de ellos llegaron a la puerta de esta aguerrida mujer, que aprovechando el estado de escasa conciencia de esos soldados permitió entregarles lo que pedían si accedían a pasar de a uno.

A medida que ingresaban, las cuatro mujeres los desarmaban y ataban, dejándolos en distintas habitaciones. Al día siguiente, ya firmada la capitulación, Martina se presentó ante el Liniers, contándole lo sucedido; éste la premió otorgándole el grado de sargento mayor, derecho a uso de uniforme y goce de sueldo. De los doce prisioneros la Céspedes entregó solo a once; el duodécimo quedó como botín de su hija Pepa Céspedes. Esta y el inglés se habían enamorado y terminaron casándose.

Posteriormente no hubo fiesta religiosa y civil en la que esta heroína no apareciera luciendo su uniforme. En 1825 se la vio todavía junto a Las Heras y otros héroes de la independencia, en la procesión de Corpus Cristi.



HEROÍNAS SIN NOMBRE

Paul Groussac narra una anécdota que pinta el estado de ánimo del pueblo ante la invasión. El mayor Gillespie, que había entrado triunfante a la ciudad en el primer intento inglés y que venía del Cabo de Buena Esperanza con setenta días de mar a cuestas, fue a cenar a la fonda Los Tres reyes, en la calle Santo Cristo (actual 25 de Mayo). Se sentó a la mesa junto a oficiales españoles y un criollo de apellido Barreda que le servía de intérprete.

Gillespie observaba atentamente a la mesonera que los atendía con seño airado. Así permaneció ella hasta estallar en el siguiente discurso: “Caballeros, debieron ustedes avisarnos de antemano que era su intención cobarde entregar a Buenos Aires; pues juro por mi vida que al saberlo, nosotras las mujeres hubiéramos salido a la calle y echado a pedradas a los ingleses”.



NI CRIOLLOS, NI EUROPEOS

Hubo otros protagonistas, que en rigor de justicia no merecen permanecer anónimos. A unos no se les permitió participar en la Defensa; otros pudieron hacerlos y fueron héroes.

A fines de 1806, en Buenos Aires se preveía la segunda llegada de los intrusos británicos. En ese momento, cuando se organizaba lo que resultó ser la heroica defensa de 1807; se presentó al Cabildo una delegación de 10 caciques “pampas”, entre los que se contaban Epugner y Turuñanqui, ofreciendo su colaboración que consistía en 20.000 hombres de guerra cada cual con cinco caballos, para resistir a los “colorados” que venían a importunar a los blancos.

También el hombre negro estuvo presente en las luchas que rechazaron a las tropas invasoras; entre los 686 esclavos que participaron, al final de la lucha se manumitió a 70 de ellos por haber desempeñado un heroico comportamiento.



© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna
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Publicado en Julio de 1994

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La visita del presidente Campos Salles

Foto: Obras en la Casa Rosada, para el recibimiento de Campos Salles



Siendo presidente de la República del Brasil,
el doctor Manuel Ferraz de Campos Salles (1846-1913),
arribó en visita oficial a Buenos Aires en 1900.
Inusualmente para el protocolo las autoridades prepararon
un fastuoso recibimiento que fue origen de comentarios que perduraron
por más de una década. En florido y brillante estilo las notas periodísticas describían los detalles del acontecimiento.


La llegada de Campos Salles fue un gesto de alta política que alivió el sentimiento preocupado de la población de Buenos Aires dominado por el fantasma bélico, resultante de los conflictos limítrofes existentes, aún sin solución. Esta visita retribuía la realizada el año anterior por el presidente Julio A. Roca a Río de Janeiro, ambas con finalidad de reforzar la concordia internacional.

Lo original de la llegada del presidente M. Ferraz de Campos Salles fue el recibimiento fastuoso, hasta la exageración, que se le brindó aquél 25 de octubre de 1900.

La comitiva presidencial lo recibió en el recientemente construido Puerto Madero. Desde donde fue conducido al palacio Devoto que se hallaba en la esquina N.O. de avenida Callao y Charcas, cedido por su dueño a la Comisión de Homenaje, para ser puesto a disposición del mandatario brasileño. El trayecto estaba recubierto de flores y engalanado con arreglos especiales, ordenados por el intendente Adolfo J. Bullrich.

Este suceso motivó la filmación del primer noticiero argentino realizado por el fotógrafo Eugenio Py. Se registraron las principales escenas del desembarco del visitante, y esa misma noche, se proyectaron en la Casa de Gobierno.

Los efectos luminotécnicos constituyeron el detalle más sobresaliente de aquella faraónica recepción: los arcos voltaicos y las luces de bengala iluminaban, otorgándole un brillo especial a la flota fondeada en el río. La luz fue el epicentro de la celebración y vehículo del ánimo bullicioso del pueblo.

Los árboles de la Avenida de Mayo, parecían plumeros iluminados; la Avenida callao mostraba columnas transparentes con guías formadas por lamparitas eléctricas, revestidas de celuloide con los colores argentinos y brasileños.

En el Palacio del Congreso –aun en construcción- se instaló un poderoso foco que iluminaba en toda su extensión a la Avenida de Mayo. Un dispositivo permitía girarlo hacia el norte y, entonces su haz llegaba hasta el Palacio Devoto donde se alojaba Campos Salles.

El centro de la ciudad recibía la luz de 70.000 lámparas eléctricas y 20.000 antorchas, volviendo imposible el reflejo de sombras en su perímetro. En la Plaza de Mayo, la pirámide fue recubierta por un armazón metálico construido especialmente para sostener las luces que la iluminaban; es el mismo que actualmente se utiliza como jaula para los cóndores en el Jardín Zoológico de Buenos Aires.

En su permanencia de diez días entre nosotros Campos Salles, de seguro encandilado por tanto resplandor debió cumplir
un nutrido programa de actos, dentro y fuera de la ciudad. Estuvo en Talar de Pacheco, en el Mercado Nacional de Frutos, en la Exposición Rural Argentina y en la estancia La Martona de Carlos Casares. Asistió a un banquete en la Casa Rosada, a una recepción en el Centro Naval; a la velada de gala en el Teatro Opera y al baile del Jockey Club, que organizó en su honor una carrera denominada: Gran premio internacional. El programa de agasajos incluyó una parada militar, un corso de flores y un desfile de ciclistas.

El boato que el gobierno argentino desplegó para recibir al mandatario brasileño, fue objeto de críticas durante mucho tiempo.

Tal es así que doce años después todavía se oían comentarios sobre el vestíbulo rojo, los granaderos de gran gala, pajes, alabarderos, una pomposa marquesina en la escalinata norte de la Casa Rosada que contenía una galería tropical.

Por su impacto en la ciudadanía de aquellos tiempos, quedó fijada, también, la ostentación del ropaje de las damas que lucían “crepe de Chine” brocato, raso, lamé, diademas de brillantes, vinchas de perlas, gasas, tules, etc.

La ironía de tanto esplendor imperial, le hizo decir a un cronista en la segunda década de este siglo “¿Qué diablos les costaba haber puesto un ujier? Buenos Aires está lleno de pelagatos que hubieran hecho un buen ujier por sólo dos o tres pesos y una cosa de vino que les diesen al salir”



© Peña de Historiadel Sur: Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna
Versión para Internet del artículo publicado en Febrero de 1993


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